El caso es que solo a Mimi y a mí se nos ocurre pillarnos un
tren (y mira que nosotros somos de coche) para escaparnos un día a Elche en
pleno fin de semana de san Juan. Alicante … San Juan… reducción de gasto
público… calculen la X de esta regla de tres.
Efectivamente (bueno, tanto no, exagerada que es una).
El caso es que habíamos decidido esta pequeña escapada hacía
ya tiempo y, a pesar de todo, la vivimos con bastante ilusión. Una vez que
conseguimos bajarnos del metro de Madrid en hora punta tren, echamos mano a
nuestras fotocopias caseras imprimidas de Internet y nos pusimos a recorrer la
ciudad que, se encontraba, más o menos, así.
Bueno, tampoco tanto...
Así mejor
Si hay algo que destacar en Elche, son las palmeras. Por
todos lados las encuentras, en pequeños jardines, en los huertos… Por algo son
el símbolo de la ciudad.
Lo segundo que hicimos fue dirigirnos a la oficina de
turismo. Nos compramos la tarjeta turística y, a caminar. En verdad, los sitios
que queríamos ver se encontraban bastante cerca, lo que unido a que este año el
verano no va a ser verano, sino una simple primavera francesa, nos hizo más
ameno el día.
Primera visita, la basílica de santa María. Una minicatedral
coqueta, oscura en la que se celebra cada agosto el drama litúrgico o “Festa”
(el misterio de Elche). De allí nos fuimos al museo de la “Festa”, con su
audiovisual y reproducción de la granada (esa de donde bajan a los niños
vestidos de angelitos). Muy bien explicado todo lo relacionado con la
representación, muy bonitas las maquetas
que reproducen los artificios e interesantes las ropas de las Marías, apóstoles
y judíos, instrumentos de los ángeles, etc.
De aquí, decidimos irnos a comer. Ya sabíamos lo que
queríamos probar: el arroz y costra, ¿o era arroz con costra?
Tras esto, tocaba bajar las viandas y caminar. Seguimos la
orilla del Vinalopó, cruzamos algún puente y fuimos a parar al barrio del
Raval.
A la vuelta, decidimos ver algunos lugares turísticos: la
torre de Calahorra (o Calaforra), los restos de los baños árabes, el museo de
historia y arqueología de la ciudad (con sus dos edificios, el moderno debajo
de la plaza y el palacio de Altamira, del que podemos destacar las vistas de la
ciudad desde las almenas o torres, donde nos atacaron varias palomas porque, aparte
de palmeras, Elche está llena de palomas. (Y de reproducciones de la Dama de
Elche, que ni siquiera está allí).
Cuando salimos, como ya habíamos visto lo que pensábamos
visitar, decidimos seguir caminando y pasearnos por el Huerto del Cura, especie
de jardín botánico en el que bla, bla, bla. Vamos, que nos hicieron una foto al
llegar al más puro estilo Minihollywood de la que se enamoró Mimi, aportando
otro ejemplar a nuestra galería de recuerdos frikis.
Una vez bien asoleados y aborregados, decidimos volver a la
estación y tomar el tren de retorno. Una cuestión, si el tren pasa a y 30
minutos, ¿es operativo poner la vía por la que va a parar a y 29 minutos? ¿Es
que el conductor del tren decide en qué vía parar cuando va entrando a la
estación? ¿No es, quizá, digamos, un poquito tercermundista? ¿O es que no estoy
yo muy al tanto de cómo funciona el tren hoy en día?
Trenes aparte, muy contenta con el viaje, y, cien por cien
recomendable la ciudad.




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