Érase una vez un santo varón realmente bondadoso. Ayudaba en
todo lo que podía a los más desfavorecidos y, de vez en cuando, obraba algún
milagrito. A una viuda le quitó el dolor de cabeza que llevaba sufriendo más de
treinta años. A un pobre ciego le hizo ver la luz de la mañana, y la de la
tarde y, la de la noche con las candelas. Pero el pobre santo fue perseguido. Había
oído hablar un gobernante avaricioso de la riqueza que poseía el santo varón y
no paraba de salirle al paso: -¡Quiero tus riquezas! ¡Dime dónde están ya!-. Y
para obligarlo, no dudó en recurrir a la fuerza bruta. De este modo, mandó a
algunos de sus criados que fustigaran a nuestro pobre varón. Este nunca se
quejó. No obstante, el santo varón aceptó mostrarle al gobernador dónde estaba
su riqueza. Así, mandó razón de que acudieran aquellas gentes que él había
ayudado y, se presentaron, no uno, ni dos, ni tres, sino muchas más personas.
-¡Ahí tienes mi riqueza! ¡Mírala bien! Estas pobres gentes
que acuden a mi llamada, estos son mi tesoro.

1 comentario:
¡Qué bonito! :)
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