jueves, 27 de junio de 2013

Un hombre bueno y santo



Érase una vez un santo varón realmente bondadoso. Ayudaba en todo lo que podía a los más desfavorecidos y, de vez en cuando, obraba algún milagrito. A una viuda le quitó el dolor de cabeza que llevaba sufriendo más de treinta años. A un pobre ciego le hizo ver la luz de la mañana, y la de la tarde y, la de la noche con las candelas. Pero el pobre santo fue perseguido. Había oído hablar un gobernante avaricioso de la riqueza que poseía el santo varón y no paraba de salirle al paso: -¡Quiero tus riquezas! ¡Dime dónde están ya!-. Y para obligarlo, no dudó en recurrir a la fuerza bruta. De este modo, mandó a algunos de sus criados que fustigaran a nuestro pobre varón. Este nunca se quejó. No obstante, el santo varón aceptó mostrarle al gobernador dónde estaba su riqueza. Así, mandó razón de que acudieran aquellas gentes que él había ayudado y, se presentaron, no uno, ni dos, ni tres, sino muchas más personas.
-¡Ahí tienes mi riqueza! ¡Mírala bien! Estas pobres gentes que acuden a mi llamada, estos son mi tesoro.