miércoles, 2 de octubre de 2013

Belerma

 
¡Oh Belerma!, oh Belerma!,    por mi mal fuiste engendrada!,
que siete años te serví    sin de ti alcanzar nada;
agora que me querías    muero yo en esta batalla.
No me pesa de mi muerte,    aunque temprano me llama;
mas pésame que de verte    y de servirte dejaba.
¡Oh mi primo Montesinos!    lo que agora yo os rogaba:
que cuando yo fuere muerto    y mi ánima arrancada,
vos llevéis mi corazón    adonde Belerma estaba
y servilda de mi parte,    como de vos yo esperaba
y traelde a la memoria    dos veces cada semana,
y diréisle que se acuerde    cuán cara que me costaba;
y dalde todas mis tierras,    las que yo señoreaba:
pues que yo a ella pierdo,    todo el bien con ella vaya.
Montesinos, Montesinos,    mal me aqueja esta lanzada;
el brazo traigo cansado,    y la mano del espada;
traigo grandes las heridas,    mucha sangre derramada,
los extremos tengo fríos,    y el corazón me desmaya.
¡Que ojos que nos vieron ir    nunca los verán en Francia.
Abracéisme, Montesinos,    que ya se me sale el alma;
de mis ojos ya no veo,    la lengua tengo turbada.
Yo vos doy todos mis cargos,    en vos yo los traspasaba.
--El Señor en quien creéis    él oiga vuestra palabra--
Muerto yace Durandarte    al pie de una alta montaña;
llorábalo Montesinos    que a su muerte se hallara:
quitándole está el almete,    desciñéndole el espada;
hácele la sepultura    con una pequeña daga,
sacábale el corazón,    como él se lo jurara
para llevar a Belerma,    como él se lo mandara.
Las palabras que le dice    de allá le salen del alma:
--¡Oh mi primo Durandarte!    ¡primo mío de mi alma!
¡Espada nunca vencida!,    ¡esfuerzo do esfuerzo estaba!
Quien a vos mató, mi primo,    no sé por qué me dejara.
                            




Romancero viejo























































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