Sucedió,
pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo
por la calle un hombre, que se llamaba Poncio de Aguirre -el cual tenía
fama de confeso-, que el don Dieguito me dijo: Hola, llámale Poncio Pilato, y he a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato. Corrióse tanto
el hombre, que dió a correr tras mí con un cuchillo desnudo para
matarme; de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi
maestro, dando gritos. Entró el hombre tras mí, y defendióme el maestro,
asegurando que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así luego,
aunque la señora le rogó por mí, movida de lo que la servía, no
aprovechó: mandóme desatacar, y azotándome, decía tras cada azote: ¿Diréis más Poncio Pilato? Yo respondía: No, señor;
y respondílo dos veces a otros tantos azotes que me dió. Quedé tan
escarmentado de decir Poncio Pilato, y con tal miedo, que, mandándome el
día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al
Credo -advierta vuesa merced la inocente malicia-, al tiempo de decir:
Padeció so el poder de Poncio Pilatos, acordándome que no debía de decir más Pilato, dije: Padeció so el poder de Poncio de Aguirre.
Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que
le había tenido, que me abrazó. y me dió una firma en que me perdonaba
de azotes las dos primeras veces que los mereciese. Con esto fuí yo muy
contento.
Fragmento de El Buscón de Quevedo
No hay comentarios:
Publicar un comentario